RÉQUIEM POR SAN LUIS

Vista de las ruinas de San Luis hoy

 

El inicio, a finales de 1933, del llamado “Segundo Bienio” de la Segunda República española trajo consigo el desencadenamiento en un sector de la sociedad de una reacción anticlerical que desembocó, por mano de grupos radicales en numerosos puntos de la geografía española, en un ataque vandálico a edificios eclesiásticos y, con ello, a la destrucción de parte de nuestro patrimonio artístico. Es enestos tristes párrafos de la historia de nuestro país donde encontramos el objetivo de esta efeméride que suena hoy al son de un réquiem: la iglesia de San Luis, ubicada en la parte alta del Albaicín y de la que aún se conservan testimonios de su existencia. Destruida por las llamas en la madrugada del 10 de diciembre de 1933, víctima de tales revueltas, hoy pervive como monumento desapercibido y en melancólica ruina.

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora; 
Donde yo sólo sea 
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
 
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
 
Donde el deseo no exista.
En esa gran región donde el amor, ángel terrible, 
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
 
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya, 
Sometiendo a otra vida su vida, 
 
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y dichas no sean más que nombres, 
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo; 
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, 
Disuelto en niebla, ausencia,

Ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.
 
LUIS CERNUDA
“DONDE HABITE EL OLVIDO”
 

Allá, allá lejos de nuestras cotidianas miradas. Allá arriba, en lo alto de nuestro amado Albaicín, habitan en el olvido los restos de la que fuera –a nuestro juicio– una de las más bellas iglesias de nuestra ciudad; admirada por granadinos y foráneos, que descubrían una íntima singularidad en este pequeño y coqueto templo levantado donde se cruzan las sombras del cerro de San Miguel Alto y la de la Puerta llamada de Fajalauza.

La iglesia de San Luis, de los franceses por deberse a la advocación del que es santo rey de Francia (Luis IX) y pariente antecesor y
lejano de nuestra Isabel la Católica, es hoy cadáver pétreo que halló su agónico fin litúrgico en una fría noche de diciembre de 1933, cuando un intencionado incendio acabó con uno de los testimonios arquitectónicos legados por los efectos de la conquista cristiana. Y es que esta iglesia se levantó sobre la que fuera la mezquita de la Pureza (Masyíd al-Safa) y de la que aún se conserva el aljibe que la abastecía de agua, siendo una de las primeras mandadas a consagrar por los cristianos tras destronar al último rey nazarí.

De planta sencilla y algo irregular, con una única nave que desemboca en capilla mayor, y con torre en la cabecera (como testimonia la historia urbana perpetuada gráficamente en la Plataforma de Ambrosio de Vico), esta iglesia participó en el tratamiento de su alzado del momento en que el estilo mudéjar modelaba gran parte de los templos de Granada y su provincia a lo largo de la primera mitad del siglo XVI. En el de San Luis, al igual que en otros, aún persistía la herencia constructiva del gótico a través de sus arcos diafragma, de traza ojival al igual que el que se dibuja en la portada del templo. Tales arcos, que dividían en tramos la nave, ofrecían una particular singularidad, ya que a sus lados se abrían sendos huecos en los que quedaban encastradas unas colosales vigas sobre las cuales se apoyaban las armaduras de lazo que cubrían cada trecho de la nave del templo. La capilla mayor, de más altura en el alzado para permitir así la apertura de vanos que dotaran de singular y mística luz a este espacio supremo, quedaba remataba por una armadura ochavada siguiendo el modelo desarrollado en otros templos de igual época y que, bienaventurados, perviven en nuestros días.

Será en el siglo XVII cuando un desgraciado episodio haga acto de presencia en torno a la historia de esta iglesia, ya que una gran tempestad ocurrida el 28 de agosto de 1629 causó graves daños en lo más alto del Albaicín, siendo la fábrica del templo gravemente perjudicada. Daños estos que, si bien no fueron detallados (aunque sí referenciados) por los cronistas que nos han trasladado el infortunio, nos pueden dar cuenta del porqué de las actuaciones llevadas a cabo después, tal como es la nueva sacristía y el levantamiento de una nueva torre campanario, esta vez levantada a los pies del templo y que es la que ha llegado hasta nuestros días.

Interior de San Luis óleo de Gómez MirPero no todas las modificaciones ejecutadas sobre la construcción primigenia fueron motivo de subsanación de adversidades, ya que el Barroco dejaría su impronta mediante la apertura de capillas laterales, entre las cuales destacaba la ejecutada en 1733 en el lado derecho de los pies de la iglesia. Capilla donde era venerada una de las imágenes de más arraigo popular entre los granadinos y cuya presencia quedaba envuelta por una leyenda, de aquellas que quedan escritas en las páginas de la historia encantada de Granada. Lafuente Alcántara narra dicha leyenda de la siguiente manera:

“Hay tradición de que cavando para abrir los cimientos en el sitio que hoy ocupan el arco de la capilla mayor y lanueva sacristía, se descubrió una mina y que del fondo de ella resonó un eco diciendo: cavad, cavad, y hallaréis la luz. Atónitos los obreros siguieron su trabajo, cuando repentinamente apareció un crucifijo resplandeciente alumbrado por una lámpara maravillosa. […]”

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Es así como, entre misticismo y fantasía, se fraguó una pública veneración al Santísimo Cristo de la Luz, en torno al cual se fundó la Hermandad responsable de su custodia y comprometida a organizar cada año los llamados reviernes del Cristo de la Luz, correspondientes a los siete viernes que siguen inmediatamente a la Pascua de Resurrección.

De esta manera, con todos los componentes descritos hasta ahora, más aquellos desvanecidos en la historia, se aglutinó en este templo una encantadora atmósfera que fue admirada por todo aquel que visitaba nuestra querida ciudad y que encontraba en este recóndito lugar una belleza singular que no dejaba indiferencia alguna. Rincón que no pasó desapercibido entre los pinceles de numerosos y admirados retratistas del paisaje popular, como tampoco de la pluma de insignes escritores. Y es que hasta el propio Manuel de Falla, en una epístola a su admirado y querido amigo Ignacio Zuloaga, no quiso dejar de manifestarle su profundo dolor por la pérdida de la encantadora iglesia de San Luis tras su incendio.

Ochenta años han pasado desde que la historia de este testimonio construido se enmudeció por el infernal sollozo de unas crueles llamas. Algunas reanimaciones, al igual que al enfermo que sufre parada cardíaca, han intentado devolver a la historia viva de nuestra ciudad esta iglesia, fracasando todas ellas y dejándola así en un coma incierto. No hace mucho tiempo, este “enfermo moribundo” ha pasado de las manos de la Curia a las del Ayuntamiento de nuestra Ciudad. Quizá, por ser de todos ya, se atisbe un suspiro que nos devuelva este lugar. Una recuperación que debería de ser singular, en su tratamiento y usos, que sirviera de testimonio de un ayer y ejemplo para un mañana. Ojalá, por fin, deje así de habitar en el olvido y que, en lugar de un réquiem, las venideras efemérides de estas ruinas de San Luis sean una manifiesta alegría por haber recuperado parte de nuestro patrimonio, parte de nuestra historia.

Manuel Rubio Hidalgo

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